La sombra negra de la muerte

Cuenta los ancianos, por las tabernas del Alfoz de Bricia, que durante el primer invierno de la Guerra Cruel del 36, el general Sagardía, a la sazón aún teniente coronel, paseaba a lomos de un caballo blanco por los cerros y oteros que resaltan sobre las campas. Arengaba a sus soldados, exigía valor y espíritu batallador a su columna de voluntarios, a la vez que manifestaba su desprecio, con temeridad calculada, al poder del fuego enemigo. Buen estudioso de las matemáticas y la física, conocía de sobra el alcance de la bala disparada desde un mosquetón Mauser o la parábola que describe el proyectil de un mortero. No en vano, fue un buen alumno en el Colegio de los RR.PP. Jesuitas de Zaragoza, durante el bachillerato, y el primero de su promoción en la Academia de Ingenieros de Artillería.

Sin duda, un personaje curioso Antonio Sagardía Ramos. Al contrario que la mayoría de los militares de graduación de su época, éste no había participado en ninguna campaña en Marruecos. No tenía en su haber un bautismo de fuego y sangre. Puede que desde la placidez de su casa en Biarriz, acompañado por su mujer y su hija, lo echase de menos, que mas de una tarde soñase con el héroe que la patria se estaba perdiendo. Se encontraba retirado del ejército, aletargado en su exilio voluntario de Francia, en vísperas del alzamiento. Estaba a punto de cumplir 57 años. Fue entonces cuando el general Mola le hizo conocedor del golpe que preparaban, razón por la que en Julio del 36 estaba en San Sebastian. Allí había estado su último destino, con el grado de Comandante, y allí se uniría a los rebeldes. Pero el golpe no triunfó y hubo de salir por piernas, atravesar andando la Sierra de Aralar, para incorporarse al ejército sublevado en Pamplona. A las órdenes del general Solchaga participó en la toma de Tolosa, Hernani y San Sebastian.

A finales de Septiembre del 36 recibió la orden de organizar una columna de voluntarios, en principio requetés navarros y guipuzcoanos, que lucharan en el frente del norte de Burgos. Desde Espinosa de los Monteros, pasando por Villarcayo y Soncillo hasta llegar a los páramos de la Lora, debía impedir el paso hacia Burgos y en especial controlar la carretera Santander-Burgos. Desde Amara en San Sebastián partió la columna del teniente coronel Sargadía a defender un frente de unos 80 kilómetros, en alturas que oscilan de los 700 a los 1.100 metros, compuesta por 750 voluntarios mal armados y faltos de instrucción, en muchos casos.

Durante el otoño continuó recibiendo más tropas voluntarias, falangistas y requetés de las provincias próximas de Logroño, Palencia, incluso más distantes como Galicia. Relatado por alguno de los voluntarios que lo integraron, fue un ejercito de misa de campaña y comunión diaria, que se lanzaba al ataque al grito de ¡Viva Cristo Rey!. ¡Que contrariedad!, matar en nombre de Cristo, el del amor fraterno.

Pasaron un crudo invierno soportando los bombardeos y asaltos de las tropas republicanas, mientras fueron recibiendo oficiales profesionales y la ayuda del ejercito de Musolini por el flanco este, zona de Valdeporres y Sotoscueva.

En la primavera del 37, el ejercito sublevado decidió lanzarse a la ofensiva. Integrantes de las tropas voluntarias relataron como un 5 de Abril, después de misa, tuvo lugar en las campas de Bricia la feroz batalla de “La descampada”.

El 17 de Junio el ejercito del general Mola, recién fallecido, rompió el frente norte por el este tomando Bilbao. La columna de Sagardía avanzó hacia El Escudo, haciendo pinza sobre Cantabria. Para final de Agosto ya habían entrado en Reinosa, Torrelavega y Santander. El 20 de Octubre caía Gijón. El frente norte había concluido. El teniente coronel Sagardía había empezado a fraguar su leyenda de héroe de guerra.

En la primavera del 38 era coronel y estaba en el frente de Cataluña. Ya no dirigía una columna de voluntarios, esta se habían convertido en la 62 división, y él actuaba como general en funciones. Estableció sus fortificaciones junto al río Noguera Pallaresa y fueron avanzando hasta el nacimiento del Llobregat. Aquí, por los pueblos de Sort y Enviny, recuerdan que anuncio: “mataré a diez catalanes por cada uno de los míos caído”. Entorno a él se desarrolló una leyenda de genocida, acusado de mandar fusilar indiscriminadamente a civiles.

Finalizada la guerra fue el primer Inspector General de la Policía Armada y de Tráfico, posteriormente ascendido a general de brigada. Escribió un libro para sus soldados vivos y mando hacer un monumento para los soldados muertos, junto a la descampada.

 













Antes de retirarse aún realizaría algunos trabajos muy particulares, como visitar Berlin o recibir a Himmler en San Sebastian, durante la II Guerra Mundia. Mientras vivió siempre fue reconocido como un héroe de guerra y dispuso de diversas condecoraciones individuales y colectivas.

Hace algunos años encontré su tumba, por pura casualidad. Intenté ver la sombra del héroe sobre su caballo blanco, pero solo vi la sombra negra de la muerte.Me fueron viniendo a la mente todos los pueblos destrozados que dejó la guerra en el sector burgalés del frente norte: Lorilla, Cilleruelo, Espinosa de Brícia, Torres de Arriba. La ruina física, económica y espiritual que supuso. Recuerda Elías Rubio, el mejor conocedor del subsuelo, suelo, y tal vez cielo, de los pueblos de Burgos, que en las campas de Bricia los campesinos arruinados sobrevivieron recogiendo casquillos de bala para vender como chatarra. Matanzas de clérigos por milicianos republicanos, tribunales populares arbitrarios, en un lado; fusilamiento de rojos, tribunales de responsabilidades políticas para quitar el pan a las viudas de los milicianos, niños de Arija evacuados a países extranjeros, por el otro; ¿hay algo más próximo al Apocalipsis?.

Entre políticos republicanos ineptos, militares con deseos de medallas, clero politizado y radicalizado, un pueblo muy pobre, ignorante y manipulado por ideólogos de tres al cuarto, montaron la salvajada en España.

Defiendo que estos restos de la Guerra Cruel (arqueología de la guerra civil, que dicen ahora) permanezcan en pie; no como monumentos, ni homenajes, sino como llamada a la conciencia. Que cuando un joven vea estos restos y pregunté:
- ¿Qué es eso?
Alguien pueda responderle:
- El recuerdo de lo que nunca debió de ocurrir.

Campas del Alfoz de Bricia, Junio de 2010.

7 comentarios:

  1. Un héroe y un caballero, sí. La sombra de la muerte, dice. ¡Jo, qué tropa¡
    ¡ A NOI ¡

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    1. Los héroes y los caballeros no fusilan civiles, desde ese momento un criminal

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  2. Oye, "Unknown", ¿qué me dices? Pero, pero, pero,...
    ¡ A NOI ¡

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  3. Oiga, eso de "Academia de Ingenieros de Artillería" debe ser una cosa novísima. O Ingeniero o Artillero pero ésa mezcla, ay, ay, ay... Con seguridad un lapsus calami.
    ¡Viva Sagardía¡
    ¡A NOI ¡

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  4. Cuánta sangre y cuánta envidia ... Hoy, se hace daño de otra manera, ... De los episodios más tristes de la historia de España.

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  5. Buenaventura (¿Durruti?) lo de la "tristeza" es, como dice el poeta, "según el color del cristal con que se mire".
    Va bene.

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  6. Por favor, ¿puede indicarme en qué cementerio y en qué lugar de él está la tumba de Sagardía? Gracias. antoniogomezbernal@gmail.con

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